6 de noviembre de 2015

Impromptu

Pareció como si se le escaparan de entre los dedos, pero no fue así, lo sujetó como bien fuerte se agarran los brazos de una madre.

Siempre quiso dejar las manos a su vaivén sin medir el momento en que debía parar, volar con sus manos hasta donde sus dedos no alcanzaran a tocar nada. Y lo hizo, como si no lo hubiera hecho nunca, como que era la primera vez que se acercaba a un espacio abierto y desierto.

La quietud del momento eran los mayores nervios sentidos en los extremos de los pies erizados que le dejaba ese olor de nada constante y nuevo.

Descubrir quizás en ese instante pudo las maravillas del vacío incoloro al que se enfrentaba, en un viaje en caída, hacia arriba, por la escalera sin peldaños que se le antojaba que fuera cada día y cada instante, casi lo consigue, pero a la vez imaginaba la terca verdad que dejaba, para mezclarse con realidades tan mañaneras que daban los buenos días a la luna aun cuando estaban siendo pensadas.

Y de repente se relajó, se echó hacia atrás, aunque en el vacío no hay un detrás ni un delante, ni revés, y se dejaba llevar por algo que no sentía, ni gravedad ni sentido ni dirección, hacia un bajo continuo de bajeza emocional que lo arrastraba sin ser arrastrado por una fuerza que no existía hacia el otro lado de ese lugar sin lados, al que había subido por una escalera, bajando, sin peldaños, que se le antojó ese día, en que la luna seria y ensimismada le rozó la frente, hasta dormirtarse ella en mitad del espacio ambicionado por la memoria que iba perdiendo, porque la imaginación y el sosiego no pueden ir de la mano de la memoria, para qué querría la memoria si no para destrozar los instantes en que se derretía, desojando las maravillas que estaba empezando a conocer y que gustaba saborear.

En tanto, descubrí sin medida lo que podría venir a significar la paciencia infinita de la que tanto había gozado con rabia a veces, con pasión otras, sin saber lo que la locura de unas manos rápidas podrían traer consigo.

Cuando siempre había un atardecer en mitad de una noche estrellada, sólo la paciencia podría traer consigo hacer veraz esa imagen de oscuridad iluminada que entre las pestañas asomaba, en cada sonrisa y cada gesto.

Presto a la conciliación entre la ficción y la verdad más infinita, como la luz, habría de pensar cada sílaba antes de que la luna cayera sobre mi cabeza, que seguro recibiría el aplauso del invierno que siempre estaba posado sobre mi nuca.

Podría pasar de largo, me dije al comprobar que me estaba quedando quieto, inmóvil, ante la intemporalidad de lo que era capaz de ver entre los sollozos de los cristales empañados; pero quedé ahí, esperando la saltarina emoción de saber que cualquier segundo sería el más importante en cualquier momento. Porque sin momentos no sabría medir el tiempo que estaba entre lo efímero y lo tangible. Eso, lo especialmente tangible eran los nervios de estrenar situaciones a lo grande en una pequeña conciencia de vida.

Sin palabras, la rueda seguía girando hacia donde la suerte, el azar, la superstición puede que me lleven, quizás antes las puertas del infierno, quizás a los pies del espejo donde nunca debí mirarme.



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