14 de enero de 2015

Se me acumulan las horas en la almohada.

Se me acumulan las horas en la almohada, pensándote.

Hacía ya tiempo que estaba notando la ausencia de esa presencia tan desagradable, ese frío que me acongoja el cuerpo, como un tintineo de campanillas, vibrando como lo hace la piel del tambor al golpearse. Estremecedor encuentro entre la vigilia y el sueño, temblores en los recuerdos que desgranan la paciencia de no alcanzar lo posible roto imposiblemente.

Y fue ayer, hace un rato, pero todavía se hace lejano, cuando volvieron las cenizas a escondidas, en el pretil del pasillo cuando estuvo ausente. Y nunca se iba, nunca dejaba de irse y de venirse, como en una constante transfiguración del tiempo en su cuerpo. 

Pero la esfera del reloj se partió, las manecillas siguieron funcionando pero al contrario. Como si el sentido del tiempo se volviera hacia atrás, como si los imanes dejaran de tener sentido; el vacío.

Pero todo eso ya fue. Ahora no hay ahora, no hay un presente en el que asirse, el reloj se partió, y girar, ya no gira el mundo igual. Ahora queda la cera que se derrama, goteando lentamente, gota a gota, al ritmo que tiene sin ser uno concreto ni otro cualquiera: su ritmo, su decadencia agotándose, corredores taciturnos que se derriten para volver a fundirse, endurecerse en sí mismos.

El tiempo que hubo después de ayer es lo que me queda por conocer y no lo he hecho todavía, y no sé si falta hace saberlo, pero mientras se me acumulan las horas en la almohada, pensándote. Sabiéndote en cada gesto y palabras, en las horas de las comidas, en las cenas semanales ante la televisión, impávidos ante lo que había de venir, sin conocer siquiera dónde iba a enloquecer esa noche o a qué hora despertaría dormido para ir a donde no sabía que iba.

Sabiéndote en el ajetreo de tus mañanas imposibles, de despertares incómodos y necesarios, impertinencias del tiempo que da cada carácter a cada cual sin pensar en la manera en que han de encajar de dos en dos. Desde entonces acumulo letras, libros que parece que van a rellenar los huecos que se han quedado vacíos al faltarme tu palabra, tu anécdota, tu enojo y tus silencios. Renglones torcidos que ni se volverán a escribir ni creo que pudiera leerlos en el tiempo este que no es tiempo, que le falta tiempo, en este ahora que no es ni ahora ni después.

Ni moveré tus alas ni querrás escuchar un mugido, además, sin saber si ese tiempo se acabó o de lo contrario sigue en ese instante, ese lunes que abolí de mi memoria.


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