18 de septiembre de 2013

Entrepierna

Gritan las cumbres de la borraja extendida
entre los montes viejos, remolinos de púas,
vacíos repletos desde el volcán a la tórrida
languidez al tiempo recia, clave desafinada.

Susurran los aullidos de feroz boca olvidada,
dejada al placer de las memorias que harán
de un minuto un siglo de paciente deseo,
un monólogo de la agüilla cicatrizante del seso.

Cortan ahora las penumbras a las luces
rezuman alegría los hilillos de la mar amarga
que se inclinan a lanzar el bochorno empapado
de un sudor estepario seco y jugoso.

Ya entierran la sardina y tumban la loza gris
del trapajo que las cubre al necio oído sordo
que las oía y ya come, alondra moñuda,
los insectos que quedaron entre las espigas

partidas, roídas y oscuras.
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