5 de agosto de 2013

Quisiera.

No se desmoronan al paso de un pájaro,
a la vera, la montaña erguida en la torre,
no se desmoronaban al paso, siquiera del viento.

Quedaban quietas las horquillas, un pasado,
allí quietas no velaban las tinieblas al más pobre
que quisiera rematar la punta de lanza del tiempo.

Surgen de entre huecos hediondos las mugres
del que pasa, del que queda, del que quita,
porque aún siguen, no se desmoronan al paso, siquiera del miedo.

Chocan en su tez las cortinas desmelenadas,
inoportunas telas del ahora mismo que pasa
por la puerta con cencerro arrollando, las mañanas.

Qué le queda dice el aire al viento para tirarla,
qué le quedan por sufrir en los momentos de aire
cuando el viento aún no la desmorona, siquiera con el susto.

Queda nada, dijo el viento a la aurora, que empezaba,
viendo nuevos trozos remontar entre pieles muertas,
que ayer dejaron de ser, hoy lo son, siquiera más nuevas:

nuevas, lentas de crecer y de largo regazo distante,
hartazgo de las sienes, pacienzuda paciencia, y desleal
arbitario viento, siquiera rozando, siquiera llamando
al de las alas para terminar su trabajo, quisiera intentarlo,
quisiera acertarlo.

Quisiera levantarlo.

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