18 de diciembre de 2012

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Estaba oliendo el miedo, tenía ya los lóbulos de las orejas lánguidos y arrugados del aburrimiento por oír, siempre oyendo. Y hubo visto también porque sus ojos se agitaban como verdaderos péndulos, como si la aguja de una brújula hubiera perdido el norte, como el viento de la media tarde, ese viento que soplaba cada tarde y que pasaba locamente por la azotea de aquel bloque en aquel patio de vecinos tan concurrido, agraciado por su forma y sus olores y por ser, de alguna manera, recipiente de recuerdos de una infancia resumida en unas semanas, tristemente.

Había pasado días, muchas tardes en medio día distraído pensando en los chicharrones que le habían enseñado que estaban buenos, los de la tiendecilla que había bajando la cuesta de la calle "de los muros", ajeno a que el tiempo que estaba pasando no era más que lo que iba a recordad pasado quince años por su espalda. No se cansaba de mirar al cielo, de intuir las olas del mar desde la azotea de los vecinos, titubeando con la mirada al par que los pájaros pasaban, intentando ver cuando rompería el viento las cuerdas de la cometa que veía a lo lejos, volteando y volteando sin parar. Estaba solo, no podía pensar más que eso y cómo soltear la ropa tendida que a tan limpio olía, a mar, a brisa del mar.

Llegaría la hora de bajar a la playa, y su tía de piernas hinchadas, con la sensación de que podrían reventar en cualquier momento, de venas exaltadas y muy acentuadas, siempre preguntaba que qué fruta querría para la playa, lo que siempre respondía -Peras de agua.

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