25 de mayo de 2012

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Tuvo que vaciar ayer los humos que estaban impregnados de la fábrica de colores. El día era agosteño, pero la luz no era tan fina como la del medio día de ese que reluce más que él mismo. Era un año cualquiera, en un mes pequeño, de días cortos y noches más cortas aún, que se quedaban por el lúgubre y sombrío reflejo de una farola mugrienta, pasada de calendarios, roída por los vaivenes del viento, que pasaban de un lado a otro lado de la calle, musitando los rumores del amanecer.

Había de temblar de miedo, una mañana nueva llegaría y todavía no había pegado los párpados, apenas sin pestañear, apenas reposado, apenas despierto y apenas dormido. No sabía qué podría despertar antes. El día lo haría a su modo, con sus desdibujado perfil azulón, violáceo, de perezoso, pero ellos iban a hacerlo como nunca lo habrían hecho, a los gritos, se dejarían llevar por el estruendo del tambor amarillo. La turba se le acercaba y no podía salir de ese círculo en que había entrado una noche cualquiera anterior, la noche en que debió no moverse, la noche en que debió replegar sus ansias de descubrimiento y volver donde empezó. La calma la había perdido para siempre.

Tengo miedo, dijo, pero no paró a solicitar audiencia a su razón y marchó. Movió sus pies, desnudó su frente del espeso cabello que cubría su rostro en muchas ocasiones, oteó su horizonte, luego desdichado, y caminó hasta perder la noción de la paciencia, un acuerdo de transigencia entre sus manos, sus pies y su pensamiento. 

Y todo comenzó con un silbido en mitad de esa noche queda y grisácea, bajo la luminiscencia aburrida de la farola mugrienta, pasada de calendarios, roída por los vaivenes del viento, que pasaban de un lado a otro lado de la calle, musitando los rumores del amanecer.
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