11 de abril de 2012

Impávido

Impávido ante el jarro de agua, quedo por su transparencia inaudita, frío por la mano que la derrama impunemente sobre las sienes desnudas.

La quietud del agua a veces me aturde con sus sonidos, me empapa de miedo que somete mis ganas a la adormición lasciva de las palabras que me cae, y caen en las sienes desnudas.

De nada sirve ya la sonrisa falsa y creadora de fantasías apuñaladoras que se despachan a diario en las meriendas de los hermanos devotos de Caín o Judas.

Mientras, en el sosiego de deambular entre los tiestos y los Caínes, los Judas y, ahora yo, Abel, camino tranquilo a la espera de ese golpe certero que me eleve o me mate.


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