5 de enero de 2012

Yo que creía.

Yo que creía que las cosas eran como eran gracias a la casualidad, a ese juego de hechos que dan un resultado que nos sorprende, que a su vez serán causa de otro hecho y así hasta asfixiar al infinito.

Creía y me equivocaba, no en la totalidad de mis razonamientos pero sí en la mayoría de ellos, pues a medida que pasan los minutos siento cómo los olores, los tactos, el sabor multiplicador de los besos, las ojeras por mirar a los ojos... todo eso es el pequeño porcentaje que nada tiene que ver con el raciocinio, es pura fantasía y magia que nos convierten en magos del momento, chisteras de sorpresa segura...

Luego, a lo que venía al caso, están el resto de cosas que sí se pueden controlar, en la medida de que queramos y sepamos controlar las situaciones, para lo que todos no somos iguales de duchos. Los hay que nos vamos por los tejados en cuanto hay que echar de menos, se convierte en el vaivén constante de los pensamientos, ya solo se ven rosas con espinas, café amargo, besos que no se dan...

Otros, que son los más afortunados, son capaces de controlar ese deseo desacerbado que surge cuando cuatro pupilas se enfrentan de dos en dos, aplanan los nervios y dejan fluir cada movimiento de segundero de los relojes para que éste, el tiempo, de paso a su real majestad de colocar cada pieza en su lugar y con la que le corresponde.

Estar a caballo entre ambas opciones es lo peor que llevo de haber visto nubes donde quizás había tridentes, y es que no todos los días se sube uno al cielo a contar alas. Entonces, solo creo en una cosa, en lo que me surge en la cabeza, y creo que si se repite será por algo, la persistencia de algo que se abandona pero que se mantiene por sí solo debe significar que ni la locura ni la razón pueden declinar lo que es.

Quería empezar el año en el blog de esta manera porque me siento en las nubes pero atado sin poder levantarme y llegar al paraíso. Todo se andará.

Feliz Año Nuevo a todos

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