4 de diciembre de 2010

Me puede

Ya está aquí de nuevo el tiempo, y no las tormentas ni el frío ni la calor ni la lluvia. Ha llegado el tiempo en el que vuelve a pasar una hoja para darme bofetadas que no sé esquivar, tampoco me puedo defender, porque me puede el tiempo, me puede.

Siempre este momento llega cuando el año se está agotando, cuando las alas puede que estén cansadas de volar durante meses y meses, a la espera de nuevas fuerzas: eso espero, una nueva fuerza que no llega.

Estoy acostumbrado a dejarme llevar, en esta caída libre, como el humo de un cigarro, pidiendo que todo se simplifique, lo peor es que dejando de leer las líneas de mis manos, vuelvo a caer en lo mismo una y otra vez y sin aprender ni una pizca de todas las lecciones que me llevo por cuerpo.

Regalos de esa calma que tanto me gusta, sobre la que tanto reflexiono y que me vuelve la cabeza un pajar de agujas perdidas que no logro encontrar, y yo con el hilo en la mano para remendar aquello que se ha roto, o aquello que quiero construir, pero no encuentro las dichosas agujas.

Hoy, sin embargo, encontré una, la mayor, la de mejor longitud y fuerza. Pero la tengo sin cogerla, y no me dejo ni pincharme con ella, para sangrar, para convertirla en el arma que me pueda matar. Me quedaré con la fe en unas fotos repasadas mil veces ya, sin sentido y sin un punto y aparte, separadas de mis desdichas.

Con todo, vuelvo a cumplir años, y aquí está la puerta del tiempo: que se acabe todo o que empiece no es la preocupación: sólo quiero que pase lo que el tiempo quiera que pase.

Felicidades, y yo.

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