30 de julio de 2010

Los huesos que no aguantan

Ya he acabado con la tinta de mi tintero, he dejado mi pluma en un laberinto de incertidumbres, bajado las persianas, sucumbido ante el peso del tiempo y la prisa del sol, con su calor, y ahora me encuentro en otra cima, tocando esponjas blancas de lo alto, atendiendo al aire fresco y nuevo que ahora me llega.

He inaugurado un liderazgo fracasado para dar de nuevo riendas sueltas a mis poderes antes mermados. Todo está oscuro pero sigo alumbrando para verme los pies, para pisar sobre mi edad, jerarquizando mi ego por partes para no tenerlo que cerrar, una escucha activa a mi monólogo interior que me enseña a quedar ante un mínimo ruido, tomando decisiones leves ante circunstancias estrepitosas: la vida.

¿Y si subo hasta poder caerme del horror de tanta altura?, ¿podré mantener el equilibro, logrando en cada momento un escalón más?, si me caigo ¿me ayudarás a levantarme?.

No se de mis opciones, ni de tus disciplinas, pero la constancia me ayudará a comprar el equilibrio que me falte, porque ahora si tengo mi camino en el mapa, es el mío y voy a encontrarte. Y ya no me sirven "hasta que me aguanten los huesos".

2 comentarios:

Álvaro Beltrán dijo...

"Bájame la lámpara un poco más..."
Que los huesos te reconocen
más allá del insulto
de vernos desnudos,
primeros,
solos.

Natalia Litvinova dijo...

El calcio fue regalado, o regado. El tiempo es la esponja de lo blanco.

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