8 de febrero de 2010

Piel de carretera

Qué carne es la que me trajinas en los sucios bolsillos de la desesperación, porque si llevas carne para dar, deberías pasarla por mi aduana que la certifique.

Claxon, gritos, miedo, susto, desgarro, golpe, yacimiento del cuerpo, muerte.

Miedo; cruel paciente de un psicólogo loco.

El susto no debe ser el motor del día, mas el silencio de ahora me mata como un mancebo atajo sobre raíces de muchos años, ahora enterradas para siempre, junto a las 13 rosas de tus ojos claros.

Que descanses, pequeño, no siempre estarás sólo, mas mi memoria ha muerto contigo para acompañarte allá donde no estés ni pueda tu vista alcanzar.

Gracias, pequeño, por mis despertares de infarto, por tu impaciencia delante del frigorífico, por tu aliento mientras dormías, por tus folladas a la vaca, gracias también por tu incontrolable sentido del cuidado de la casa, y por tus visitas a los balcones al sol, y tus recibimientos cada viernes, en la puerta, tomando el sol, y gracias también por recordarme que los cohetes te daban miedo, ahora podrás llevarte tu camita allá donde estés ahora, y mi memoria seguirá contigo.

Desde Conil a casa un verano, y un invierno volviste al mar pacífico y calmo.

1 comentario:

Álvaro Beltrán dijo...

Nana de tus ojos claros,
nana de tu rabo oscuro,
nana de aliento aterido,
nana y muerte en las manos.

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