26 de diciembre de 2009

Odio, odio, y más odio, a lo eterno.

Ninguna melodía triste podrá alimentar más mi rabia, porque una magia mejor ha controlado mi sangre en pos de una fiebre constante en mi alma. siempre que me fijo en las cuerdas de una guitarra pienso que así es lo que nos rodea. Tenso, afinado o desafinado, de mayor o menos importancia y con muchas posibilidades como trastes tiene el instrumento de cuerda.

No siempre hay un músico dispuesto a hacernos sonar las vidas que tenemos, ni partitura en la que escribir nuestra vida, tampoco un mensaje que cantar con la música que nos brota de los ojos lloroso en cualquier día de un resfriado común.

Miedo, alegría, tristeza, ternura... todo está estrechamente relacionado, no por lo que son sino por la reacción rápida de uno a otro término de estar. Por eso me gustan las personas, cualesquiera y además, mi pesadez de no saber qué escribir, me conduce a un hastío sin querer con esta página en blanco.

Comienzo odiando y con la tarea de organizar mis ideas antes de dejarlas en algún rincón de este falso mundo.

1 comentario:

Álvaro Beltrán dijo...

Que el odio no cree la melodía del fantasma arrepentido. Que no sean necesarios sudarios ni ajuares para revestir de luto nuestro odio. Que no seamos para empezar a ser los hijos de la noche...

Me gustó tu entrada. Mucho. Siempre espero ansioso a que actualices para leerte.

Un abrazo.

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