9 de diciembre de 2009

Horas desnutridas


Visita mis entrañas, cruel paso del tiempo, nubla mi mente para distraerme de cada marea, de cada guijarro que rueda y rueda en el fondo del río. Ahoga en la mirada mía en los papeles sucios sin escribir, sin estrenar tinta en ellos, no permitas que me relaje en este agua limpia y cristalina, entre verdor de orillas, meandros de mi pasar.
Desnúdate con la pasada de un minutero, dame las horas perdidas de mis labios, de los que no saboreé, tienta con caricias la penetrable piel que me destruye al pasar. Tiempo, cruel tiempo, déjame las puertas cerradas que no salga, que no deje de escabullirme
No haré visitas, no besaré, no querré, porque no podré vivir sin ti, pero, tiempo, me matas, tus horas me asfixian en un cuarto sombrío, de cunas rotas, de sábanas roídas por ti, y de clamo. Clamo por salir para quedarte, distinto mirar cada segundo. La una, las dos... las seis, y me pierdo igualmente, con tus puertas cerradas.
Vete, pero vente conmigo a resistir tu paso, no pases, aunque me ayudes a que yo pase. Me matas y yo te dejo, aunque no quiero, permito tu paso, no abras mis puertas, sino mis brazos a los labios que quiero, déjame sentirte, tiempo, déjame frutos y que aprenda yo a sentir cada giro de la esfera blanca y sola que te marca.
Mato por mí, aunque tú evitas la caída. Tiempo, cruel tiempo.

1 comentario:

Álvaro Beltrán dijo...

A la nana, nanita, tiempo
a destiempo que vienes a mirarme
lleno de sombra en la cintura
y más pálido para que no pueda
sentirte.
A la nana, nanita, que el tiempo
no temple estas manos mías
que viven a deshora en la noche
en que la luz se ha quejado
de no sentirme.

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