14 de noviembre de 2009

Tranquilidad

La tranquilidad siempre, a mi juicio infame y desmadrado, me parece algo que está infravalorado, por completo.

La estancia vitalista de cada cual, que puede ser tan dispar como un pez de una piedra, no debe mejorarse desde puntos de vista consumistas, adinerados, empujados al desdén por el poder, dinero, saber, o quizás también, por la angustia de lo no conseguido. Al contrario, la tranquilidad, el desasosiego es algo inherente a la personalidad, que puede o no tenerlo, pero que o se arrima el hombro a que se tenga, o no disfrutaremos de los placeres que nos puede ligar.

No disfrutar de nada, y aprovecharlo todo, es lo mismo. Tener lo más, saber lo máximo, comprar lo que se antoje al ojo, todo eso puede prescindirse de cada cual si logramos sentirnos tranquilos con nosotros mismos, pues con ello, llega la riqueza: la mayor riqueza parte de conocer lo que se tiene y no fijar la intención en lo que querríamos.

Si más, en esta larga parrafada dialectal, sólo me queda decirme: "oye tú, digo, déjate de tonterías y diviértete que los días son dos y uno de ellos seguro que lo pasas fuera de casa".

Para todas las casas, para todas las lluvias, para todas las zancadillas, siempre estará el momento de bailar el agua al tiempo, de jugar con un diciembre frío, de sufrir patadas de "Zas, en toda la boca" y miles de contagios callejeros más. Tan solo hay que pararse a mirarnos al espejo para darnos cuenta de todo lo que se pierde el mundo y que queda entre nosotros y el espejo de "lo que nos gustaría ser"

Viva el adobo y la sangre fría.

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