17 de noviembre de 2009

I'm embracing you softly


Una vez leí que la magia no existía, que era ilusiones ópticas que nos sorprendían y que acababan por llamar nuestra atención, todo de manos de algún personaje extraño sin ganas de trabajar.

¡Qué equivocado estaba quien afirmó tal cosa!

La magia, si me lo permiten los magos, existe. Quizás esta afirmación se hizo desde un punto de vista empírico que trata de lograr un razonamiento a los trucos y hazañas de un pequeño mago urbano, circense, hogareño o simplemente un idiota cualquiera. Pero la magia, es algo más que un movimiento de manos rápido y escurridizo, es algo más que guardar un conejo en una chistera y sacar de repente una ristra interminable de pañuelos muy coloridos.

La magia, ah de la magia quien la tiene, pues es algo tan maravilloso como la tranquilidad, que quien la posea y sienta será una persona muy afortunada. Digo esto porque quien sienta magia en su estómago, en sus latidos, en su punzada repentina en la cabeza, es poseedor de un momento único, un impulso que te lo motiva cualquier emoción que es, al fin y al cabo, lo que nos puede dar más vida.

No hay que dejar pasar estos mínimos momentos de felicidad; estos momentos en los que te sientes la persona más afortunada del mundo y que crees tenerlo todo; sobre todo cuando tiene enfrente de ti a alguien que te sugiere sonrisa nerviosa, te inculca una mirada perdida, te saborea sin rozarte siquiera.

Apaguemos los miedos y supersticiones a la mágica acción de hacer feliz, que es el secreto mejor guardado, pero el que más a la deriva se lleva en un retortero de quehaceres de infantes que juegan a ser feliz.

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