7 de noviembre de 2009

Ahora, que no nos bailamos el agua

Se acabaron las botellas rotas, los cines de viernes perdidos están, las cámaras han perdido hasta su flash, el camino no tiene ya la concha del peregrino, la pintura tampoco tiene el consuelo de un visitante inesperado. Ha perdido la color el mancebo tiempo de tardes de café y tortas en la espalda, aun siguen en pie el marco mallorquín, y sí, por un momento, el agua se ha parado, ya no la bailamos, y un primero de diciembre se marcha, para que, quizás vuelva otra primavera, otro verano, otro calzado o quizás otro mercadillo.

Pero al menos, me queda en esta sensación fatalista de todo esto, que nadie supo bailarme el agua igual, porque era el mismo agua la mía y la suya, y de ahí, debían beber muchísimos para aprender a saber el sabor que tiene la amistad.

Que le vamos a hacer, como agua que somos, corrientes tenemos, alienables y desprendidas a la vez. Sueño quizás, que no sea esto más que una elegía al tiempo presente y no al futuro de ahora que todo lo pretende.

Que la ratita presumida y el vagabundo se encuentren, será cuestión de reescribir el cuento que nunca debió de acabarse, y que nunca acabará, pues más que cuento es mi vida.

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