2 de diciembre de 2008

Gymnopedie


Pero cuanto más quieres correr, cuando te atas fuertemente esos cordones, llueve, y decae esa pena en el ambiente, las nubes grises te tapan la brisa fresca que te ayuda a dar cada zancada, pisar daca huella, apretar los puños para retar a la velocidad. Cuando quieres hacerte amigo del viento, la inercia se pone de tu parte.


Y vuelven más agudas las gotas de lluvia que caen en tu cristal verdoso que empañan todos esos deseos que quieres ver como ramas cargadas de frutos que no podrás comer, porque esas nubes grises los marchita, los cae del árbol, y los deja en el suelo, abandonados a la suerte del tiempo, imposibles, maltrechos.


Y llamas a la suerte para que la tormenta se vaya, que se aleje para salir corriendo, de la cueva, de los miedos, de la terrible sombra que te tiene preso en su cárcel de amor eterno que te quiere ahogar.


Te aprieta fuerte, de deja fuera de sí, ha pasado, el peor de los fracasos, la mejor de las venganzas, ha ganado la lujuria, la maldad, el egoísmo.


Ahora todo queda, quieto, gris, y mojado está en empapado pañal de seda que cubren tus sienes, a acabado contigo, estás abatido, y la tormenta cesa.

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